sábado, enero 26, 2008

Los aportes de Faraday a la divulgación

Michael Faraday nació en la pobreza en Londres, el 22 de septiembre de 1791. Era hijo de un herrero, y desde muy temprano había tenido que salir a ganarse la vida. Aprendió a leer y escribir en la escuela dominical de los Sandemanianos, una austera secta fundamentalista a la cual siguió perteneciendo durante toda su vida. Allí conoció a su mujer, formó su familia y fue aclamado como predicador. La congregación no tenía clero y todos los adultos tenían que predicar.
A los trece comenzó a trabajar como mandadero y aprendiz de encuadernador en el taller de un bibliotecario. Se pasó siete años leyendo los libros que le daban para encuadernar, atraído especialmente por los que trataban de electricidad. Como era un hábil dibujante, copiaba las ilustraciones y luego intentaba realizar las experiencias con instrumentos caseros.
En 1813 asistió a una serie de conferencias impartidas por el químico Humphry Davy (quien había descubierto nada menos que doce elementos de la tabla periódica) y -harto de trabajar en la librería- envió a éste las notas que tomó en esas conferencias junto con una petición de empleo. Davy le contrató como ayudante en su laboratorio químico de la Royal Society, y al año siguiente lo llevó a un largo viaje por Europa (que significó para Faraday la universidad que no había tenido, dado que allí conoció a Ampère y ayudó a Davy en sus tareas).
En los años que dedicó a la química, Faraday fue el primero en aislar el benceno y desarrolló la técnica de la electrólisis, para la cual no dejó de enunciar dos leyes. Luego se internó en el campo de la electricidad, y allí fue como descubrió la inducción electromagnética. Su investigación lo llevó a inventar el motor eléctrico (1821) y la dínamo (1831), cuyas aplicaciones prácticas se descubrieron muchos años después.
Cuando fue elegido miembro de la Royal Society, Davy (que entonces la presidía) votó en contra de Faraday, porque no se resignaba a verlo como otra cosa que su ayudante. Un malentendido contribuyó a distanciarlos, en el momento en que alguien lo acusó de robarle ideas a su maestro. A mediados del siglo XIX Faraday propuso audazmente relacionar la gravedad y el electromagnetismo. Si bien entonces nadie lo acompañó, setenta años más tarde Einstein iba a darle la razón. Faraday fue posiblemente el último empírico de la ciencia moderna, un hombre que carecía de toda educación formal y confesaba su ignorancia en matemáticas, al punto de admitir que “no había entendido nada” en las obras de Ampère.
Una de sus importantes contribuciones es que fue uno de los primeros (si no el primero) de los científicos modernos que se sintió obligado a poner sus descubrimientos al alcance de un amplio público, lo cual lo convierte de algún modo en el patriarca de los divulgadores. A partir de 1850 dictó las famosas conferencias de difusión a las que acudían obreros y artesanos, y en las que explicaba el mundo a partir del humo de una vela.
“La Historia Química de una Vela”, una de las charlas que dedicó a los niños, pasó a ser un clásico. Allí sostenía Faraday que en una vela que arde “no deja de estar comprometida ninguna de las leyes que gobiernan el universo. El fenómeno físico de una vela que arde es la puerta abierta que nos permite acceder al estudio de la filosofía natural”.
Abandonó la investigación en 1855, pero siguió dictando sus tradicionales conferencias de los viernes en la Royal Institution (costumbre que aún perdura) y sus charlas de Navidad para los niños, hasta que la mala salud y la senilidad se lo impidieron. En 1864 la reina le ofreció la presidencia de la Royal Institution (el cargo que había tenido Newton) y un título de nobleza. Rechazó ambos honores diciendo que si aceptaba no estaba en condiciones de responder por su integridad intelectual por menos de un año: prefería seguir siendo plebeyo. Lo único que aceptó fue una pequeña pensión y la casa de Hampton Court donde pasaría sus últimos años.
Sus trabajos atrajeron la atención de los poderosos, desde la reina Victoria hasta el canciller Gladstone y el primer ministro Peel. Cuando Peel le preguntó, con urgencia pragmática, para qué (diablos) servía la inducción electromagnética, Faraday replicó con aquello de “¿Para qué sirve un niño recién nacido?” Pero cuando Gladstone le hizo la misma pregunta fue más irónico. Le contestó que todavía no estaba seguro, pero casi con seguridad pronto tendría que gravarla con algún impuesto. Lo primero hoy se enseña en la primaria, y lo segundo se comprueba con sólo mirar las facturas.
Murió en 1867 mientras dormía, como Pasteur. Tan romántico como fue el químico francés, más que creer en la “ciencia aplicada” creía en las aplicaciones de la ciencia. Otros fueron los que las encontraron. En su biografía, John Tyndall rescató una metáfora química que era muy grata a Faraday. El físico acostumbraba a llamar la atención sobre el hecho de que cuando el agua cristaliza excluye de sí todas las impurezas, como ácidos, álcalis o sales.
Faraday aspiraba a que sus descubrimientos decantaran en ciencia pura, más allá de las exitosas aplicaciones. La electricidad que él nos enseñó a domar era tan ambigua como todas las fuerzas conocidas, incluido el poder: nos iba a dar tanto el alumbrado como la silla eléctrica, las computadoras y las alambradas electrificadas, las comunicaciones y la picana. Pero eso es lo que suele suceder con los niños recién nacidos, cuando crecen y reciben toda clase de influencias.
El caso descripto nos sirve como ejemplo para ilustrar que las invenciones y descubrimientos pueden ser contados mediante un abanico de conversaciones y relatos cotidianos (algunos olvidados en el tiempo) en pos de una idea sumamente interesante para quien se precie crítico de la divulgación: desacralizar y desolemnizar la ciencia.

NOTA: este posteo forma parte de mi trabajo de Tesis en Periodismo Científico.

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2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

hola disculpa tengo una duda en que año fueron los primeros aportes de faraday para la eletricidad.ccs venezuela resp por favor gracias mi correo es la_fuelcool_123@hotmail.com

11:32 a. m.  
Blogger Nacho said...

Hola, a partir de 1821. Creo que la nota lo menciona.

Saludos,

Ignacio

10:45 p. m.  

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